Mi primera expedición

No recuerdo exactamente que me llevó a inicia mi primera expedición. Tenía tan solo dos años la primera vez que salí de casa sin un rumbo fijo.

Como toda buena expedición, no iba solo. Me acompañaba Alberto, mi vecino de arriba y todo un veterano con 3 años. Por suerte, igual que existen los diarios y las bitácoras, existen los padres. Cuentan en casa que mi madre se angustió bastante y que cuando me encontraron yo sonreía profundamente subido a los columpios del patio de mi escuela.

Vivir en un pueblo de la costa de Tarragona a finales de los 70 tenía estas cosas. El miedo no se puede medir, pero estoy seguro que pierdo de vista a cualquiera de mis dos hijos durante dos horas hoy en día y no sobrevivo. Pero entonces era otra cosa. ¿Donde estará el niño? Se debían preguntar todos. Cabía una posibilidad, pero era tan solo una hipótesis más: que me estuviera moviendo a su alrededor y no me vieran. Cuentan, también en casa, que ya desde pequeño era capaz de dar vueltas alrededor de la mesa del comedor a tal velocidad que me dejaban de ver durante unos instantes. Por suerte nunca me dejaban de oír porque o hablaba sin cesar o me daba golpes con algo. Es increíble, tengo 38 años y no he cambiado. Siento todavía la misma pasión por perderme, por escapar, y me sigo moviendo a la misma velocidad que entonces. 

Pero la que recuerdo como realmente primera aventura de verdad fue el viaje de tercero de EGB. Fue a la Riba, una de las montañas emblemáticas de mi comarca, el Baix Camp, y donde 10 años después iría a escalar en alguna ocasión. Los preparativos para el viaje duraron días. Mi padre, había dejado de ser el profesor de gimnasia de mi escuela hacía poco y no nos acompañaba, como sí hizo con todos los viajes de mis hermanos mayores. Era una pena porque se cuenta que hacía las tirolinas más largas y seguras de toda la región. Lo pasé en grande y fui feliz, con mi mochila (heredada de mis hermanos), la cantimplora (que no me separé de ella en ningún momento) y una gorra. Creo que fue la primera y última vez de mi vida que he llevado gorra. 

En la Riba, recuerdo tener las piernas manchadas de tierra hasta las rodillas todo el día. Ir de colonias en el 85 tenía algo de especial. Todo era puro. Cualquier cosa que descubríamos lo hacíamos por nuestro propio pie. Si nos subíamos a una roca para mirar al infinito no esperábamos escuchar el clic de una cámara pensando en mejorar nuestra foto de perfil o actualizar cualquier red social. Simplemente mirábamos al infinito. 

Allí, en esa época se forjó mi pasión por las montañas, por calzarme unas botas y por gritarle al eco. Y no se agota. Porque las ganas de montaña, de viajar, de subir a las rocas y de gritar esperando respuesta no es una moda, no es algo pasajero, no es una tendencia, es una forma de vida. Y todos los que la compartimos sabemos de qué hablamos. Cuando las montañas entran dentro tuyo no salen. Puedes cambiar tu forma de vestir o tu gusto musical, pero cuando vuelves a oler el pino o el romero, sabes que estás en casa. 

Ahora me siento feliz con lo que hago. Desde hace casi cuatro años viajo acompañado constantemente a los lugares más hermosos que pueda imaginar. Enseño, pero también aprendo. Trato de ayudar a los demás a crecer fotográficamente y me hacen crecer como persona. Y desde hace un tiempo siento que todo esto que está sucediendo ya no es mío, y solo mío. Siento que cada viaje es una expedición, en la que quizás, sí, yo voy delante, pero lo que tengo claro es que esta Expedición Polar que ahora comienza es de todos y poco a poco daré pie a otros a que se sumen al proyecto, a que nos guíen, a que nos acompañen a nuevos destinos y que nos hagan soñar como llevo intentándolo yo desde hace años. 

Así que, bienvenidos a esta Expedición, a este nuevo proyecto, nuevo sueño y nuevo viaje. Espero cruzarme contigo pronto, por este magazine que hoy estrenamos cuando quieras, pero sobre todo por algún camino compartiendo el agua de una cantimplora. 

¿Recuerdas tu primera expedición? Cuéntamela!

Fotografía de Felipe Sanz, año 78

Fotografía de Felipe Sanz, año 85

Una de mis últimas aventuras, en Kings Canyon con Juan Sisto ha sido rodar Horizonte Norte, mi último documental. Foto de Bea Pardo. 

Álvaro Sanz

Fotógrafo y realizador

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