Los Pirineos y sus huellas

Hace poco leí en uno de esos estudios científicos por la Universidad de tal cual que, salir de viaje, no sólo comporta una felicidad “durante” sino también “antes” y “después” de éste. Ésta sensación de dosis de felicidad al pensar en los cursos o expediciones de Álvaro Sanz es lo que he podido vivir en Pirineos. Los preparativos previos, el imaginar cómo serán las personas que allí encontraremos, las ganas de aprender disfrutando de alguna cosa… Un poco como cuando éramos pequeños y nos esperaban las convivencias del verano con un grupo de amigos que aún no conocíamos y con los que íbamos a vivir experiencias tan íntimas como sorprendentes. Y después, una sensación de renovación, de sentirte diferente. Alguna cosa ha cambiado, ahora sabes (más o menos) cómo puedes sacar partido a tu cámara, a la técnica, para dejar ir la imaginación, para conseguir que otros vean la belleza donde tú la ves, y cómo tú la ves. Para dar forma a esa necesidad del ser humano de dejar huella de uno mismo. Fotografías hay muchas, diferentes y parecidas, pero las que tú haces, hablan de ti. Y sólo por eso, ya son únicas.

Salir de viaje no sólo comporta una felicidad "durante" sino también "antes" y "después" de éste. 

Se habló de técnica, con rigurosidad, muchas horas (no, Álvaro, no nos cansamos, es duro, nos ves caras, a veces difíciles de leer y a veces a horas difíciles, pero vale la pena) también se habla de ética, de estética, de belleza, de harmonía, de autenticidad.

Lo bonito estaba a cada rato, en el momento de entrar por la puerta de la acogedora casita de Ainet, llena de recuerdos de su dueña, Mercè, que nos cuidó, cocinó y nos hizo reír muchísimo con sus historias. En las reuniones alrededor de la mesa, al más puro estilo mediterráneo, como una gran familia que en tres días intensos se empezará a conocer y se despedirá, quizás con un para siempre. También en la búsqueda de las estrellas, la primera noche, apenas sin luna, con frío, cámara y trípode al hombro y primeras aproximaciones a la cámara, a la captura de la luz. Y al salir el sol, camino hacia las montañas en busca de la nieve, con la nariz fría y tanta incertidumbre como ganas por conseguir captar lo bello del paisaje, la emoción del grupo.

Riachuelos helados, aventureros saltarines que van de piedra en piedra, árboles desnudos de hojas, escaladores inquietos, rojizos arbustos de escaramujo, miradas cómplices, preguntas incipientes que de tímidas se van transformando en confiadas, churros de hielo en cascada, ruedas de coche atrapadas en la nieve o el hielo por unos instantes, comentarios divertidos y agudos, parejas fotográficas: “ahora posas tu, ahora poso yo” y juntos creamos bonitas imágenes, sol brillante de mediodía que se esconde rápido tras la montaña, conversaciones junto al fuego… y también silencios, porque desde ese lugar donde habita el silencio, tan propio como sereno, creo que pueden surgir grandes imágenes. Tú, la cámara y el clic que acoge tu mirada, tu modo de ver.

 

 

OLGA ROMERA

Maestra

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