Expedición Monte Perdido: la virtud de compartir inspiración

Estaba en un pequeño bar de Cusco en Perú durante uno de mis viajes en el 2014, sentado con unos andaluces que recién conocí y un té caliente para combatir el frío. Esa fue la primera vez que oí hablar de Álvaro Sanz, investigué sobre él y desde entonces se convirtió en un fotógrafo referente, alguien al que seguir de cerca su trabajo y su manera de contar la vida.

Cuando en septiembre me vine a vivir a Barcelona, me prometí varias cosas y una de ellas era irme de expedición con Álvaro.

La expedición Monte Perdido no me defraudó, fue justo como la imaginé: hermosa, improvisada, nieve por encima de los tobillos, mucha inspiración y soltar la cámara solo para dormir.


Allí estábamos todos sentados al calor de una hoguera, rodeados de caras desconocidas y con un sentimiento mutuo que se podía respirar en el ambiente: las ganas de comenzar a andar y encontrarnos con el impresionante paisaje del Monte Perdido, ese que inspiró a Carlos Sadness y que por supuesto no estaba dispuesto a perderse esta expedición.

Carlos Sadness.

Carlos Sadness.

Álvaro fotografiando a Carlos.

Álvaro fotografiando a Carlos.

Carlos sirvió de inspiración para muchos y para mí no iba a ser menos, cada vez que me lo encontraba le decía “Eh, Carlos, quédate ahí” y capturaba el momento con mi cámara.

Con él tuvimos un tiempo para hablar sobre la creatividad, la gestión de las imágenes en las redes y esa cosa tan rara llamada “la marca personal”.

Carlos y Álvaro hicieron un gran equipo, parecían un duo cómico en el que uno hablaba, el otro le interrumpía y el resto reíamos. Fueron un buen tándem de motivación para el fin de semana.

Álvaro en pleno temporal.

Álvaro en pleno temporal.

Todo lo que es mucho, siempre impresiona. Y la nieve tenía guardada una sorpresa para nosotros, un paisaje completamente blanco sin un posible camino que seguir. Nuestro paseo se basó en la búsqueda de una cascada que estaba al final de un camino pero, ¿y el camino?. Unos gritaban “por aquí” y luego escuchabas “ah no, por aquí no”.

Fue divertido y emocionante llegar al dichoso camino y encontrarnos con una cascada en medio de la tormenta de nieve.

Yo no soy de los que viaja en grupo, por lo que tenía algo de miedo de hacer el curso con tanta gente. Al final me di cuenta de que todos estábamos en los mismo, contemplando, buscando ese rayo de luz que caía entre los árboles, compartiendo conocimientos, tirados en la nieve para sacar la mejor foto y en definitiva, disfrutando de lo que nos regala la naturaleza y pidiéndole permiso para poder fotografiarla.

De vuelta en el coche mis piernas descansaban y mi adentro feliz, tranquilo de haber cumplido un propósito y de haber podido compartir unos días con todos los exploradores.
Sin duda voy a volver, de hecho ya he quedado con Álvaro en Marruecos para un pequeño encuentro con él y su familia.


Si algo le deseo a Expedición Polar es que dure mucho, para que dentro de un tiempo seamos todos unos viejos, los niños adultos y paseemos por los mismos rincones recordando historias.

¡Larga vida! 

Víctor Hugo Espejo

Texto y fotografías

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